Día Mundial de Lucha contra la Desertificación 2017: Degradación de las tierras y migración agraria

Unos 250 millones de personas en el mundo sufren los efectos de la desertificación y aproximadamente mil millones residen en zonas de riesgo, distribuidas en más de cien países. La desertificación constituye uno de los principales retos medioambientales de nuestro tiempo y es causada fundamentalmente por la actividad humana y por las variaciones climáticas.

Sus graves repercusiones afectan la biodiversidad, la erradicación de la pobreza, la estabilidad socioeconómica y el desarrollo sostenible. Tiene efectos devastadores en la calidad de los suelos, por lo que millones de personas, que dependen de la actividad agraria, se desplazan hacia otros lugares en búsqueda de mejores condiciones para subsistir: en tan sólo 15 años el número de migrantes en el mundo ha aumentado de 173 a 244 millones.

Precisamente este último punto es el que releva la celebración de este año del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, este sábado 17 de junio. Con el lema “Nuestra tierra. Nuestro hogar. Nuestro futuro” se enfatiza el importante papel que la tierra productiva puede desempeñar a la hora de revertir la actual ola migratoria de personas que abandonan sus tierras improductivas, y convertirla en comunidades y naciones estables, seguras y sostenibles en el futuro.

En Chile, la desertificación ha sido catalogada como uno de los problemas socioambientales más agudos. Los territorios (áridos, semiáridos y subhúmedos secos) afectados por estos procesos superan el 62% del territorio nacional, donde se concentran los mayores daños a los suelos, a la biodiversidad y a la productividad silvoagropecuaria en general. Los predios agrícolas que se encuentran en zonas desertificadas sufren una severa pérdida de productividad y de nivel de ingreso que llega hasta un 50%. La población rural inserta en estos ambientes sufre directamente sus consecuencias, registrando altos índices de pobreza, falta de oportunidades y fuertes tasas de migración.

El fenómeno se expresa con mayor magnitud en las macrozonas agroecológicas: la precordillera de las regiones I y II, la faja costera de las regiones I a la IV, las áreas ocupadas por las comunidades agrícolas de las regiones III a la IV, el secano costero de las regiones V a la VIII, la precordillera andina de las regiones VI a la VIII y las zonas degradadas de las regiones XI a la XII.

Dada la dimensión de este fenómeno en Chile, en 2007 la Unión Europea y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo suscribieron un marco de cooperación, el que permitió que más de 4.700 familias y 19.000 hombres, mujeres y jóvenes, bajo las estructuras de 88 comunidades organizadas, fortalecieran sus capacidades para adaptarse a los efectos del cambio climático y aumentar su resiliencia ante los efectos de la desertificación.

Fortalecer la resiliencia de las comunidades para una gestión de la tierra que permita el desarrollo sostenible es parte de los objetivos de Naciones Unidas. Así se ha declarado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 15) en el marco de la Agenda 2030 que Chile ha suscrito: “estamos decididos a proteger el planeta contra la degradación, mediante el consumo y la producción sostenibles, la gestión sostenible de sus recursos naturales y medidas urgentes para hacer frente al cambio climático, de manera que pueda satisfacer las necesidades de las generaciones presentes y futuras”.

Acciones hacia un desarrollo sostenible

En la Cumbre de la Tierra que se celebró en Río de Janeiro en 1992, la desertificación, junto con el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad, se catalogó como uno de los mayores retos a los que se enfrenta el desarrollo sostenible. Los países signatarios de la Convención para Combatir la Desertificación, aprobada en 1994, colaboran para mantener y restaurar la productividad de las tierras y los suelos, así como para mitigar los efectos de las sequías en las zonas secas, habitadas por las personas y los ecosistemas más vulnerables del planeta.

¿Qué podemos hacer?

  • Reforestar y regenerar las especies arbóreas.
  • Mejorar la gestión del agua, mediante el ahorro, la reutilización de las aguas depuradas, almacenamiento del agua de lluvia, desalinización o, en su caso, el riego con agua de mar de las plantas halófilas.
  • Mantener el suelo mediante el uso de vallas para frenar el avance de las dunas, barreras arbóreas para proteger frente a la erosión eólica, etc.
  • Enriquecer y fertilizar el suelo a través de la regeneración de la cubierta vegetal.
  • Posibilitar el desarrollo de los brotes de especies arbóreas nativas mediante la poda selectiva. Los residuos de la poda se pueden emplear para abonar los campos, y así aumentar la capacidad de retención de agua del suelo y reducir la evapotranspiración.

Aportes de los suelos

Los suelos son uno de los ecosistemas más complejos y uno de los hábitats más diversos de la tierra: alberga una infinidad de organismos diferentes que interactúan entre sí y contribuyen a los ciclos globales que hacen posible la vida. No hay ningún lugar de la naturaleza con una mayor concentración de especies que los suelos; sin embargo, esta biodiversidad apenas se conoce al estar bajo tierra y ser, en gran medida, invisible para el ojo humano.

Junto con almacenar y filtrar agua, los suelos son clave en la provisión de alimentos y en la subsistencia de la vida. Su capacidad de absorción de carbono es además una contribución esencial a la mitigación del cambio climático. Ellos constituyen la base de la vegetación que se cultiva para la producción de forraje, fibras, combustibles y productos medicinales.

Su rol es fundamental para la subsistencia de la vida y, sin embargo, se estima que a nivel mundial un tercio de la cubierta terrestre ya está degradada, cifra que en nuestro país alcanza más de la mitad de su superficie. Los suelos albergan una cuarta parte de la biodiversidad de nuestro planeta y su conservación es esencial para nuestro desarrollo sostenible.

 

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